
Pero yo no fui salvado ni por Vodalus ni por su fantasmagórico ejército, sino merced a la intervención del maestro Palaemón (y sin duda de Drotte y de Roche y de otros cuantos amigos), que había convencido a los hermanos de que sería demasiado arriesgado matarme y demasiado desafortunado hacerme comparecer ante un tribunal.
Barnoch no sería salvado. Yo, que debía ser su compañero, habría de quemarlo, de descoyuntarlo en la rueda, y por último, cortarle la cabeza. Traté de decirme que quizás había actuado movido por el dinero; pero entonces un objeto metálico, sin duda el cabo de acero de un pilete, golpeó una piedra y me pareció oír el tintineo de la moneda que Vodalus me había dado, el tintineo que produjo cuando la dejé caer en el hueco bajo la piedra, en el suelo del mausoleo en ruinas.
Algunas veces, cuando concentramos de esta manera toda nuestra atención en el recuerdo, nuestros ojos, sin que nada los guíe, pueden distinguir un único objeto en una masa de detalles, exponiéndolo con una claridad que jamás se consigue mediante la concentración. Así sucedió conmigo. En la marea de rostros que se debatían más allá del marco de la puerta vi uno, levantado, que el sol iluminaba. Era el de Agia.
III — La tienda del vidente
Ese instante permaneció congelado como si nosotros dos, y todos aquellos que nos rodeaban, fuésemos parte de un cuadro. En medio de la nube de rústicos con sus atuendos de colores chillones y sus bultos, Agia permaneció con la cabeza levantada y yo con los ojos muy abiertos. Después me moví, pero ella ya se había ido. Si hubiera podido, habría corrido hacia ella; pero no pude más que abrirme paso a empujones entre los que miraban, y tal vez tardé cien latidos de corazón en alcanzar el punto donde ella había estado.
