Para entonces ella había desaparecido completamente, y la muchedumbre se arremolinaba y alternaba como el agua bajo la proa de un barco. Se habían llevado a Barnoch, que se quejaba del sol. Cogí a un minero del hombro y le pregunté algo a gritos, pero él no se habían percatado de la joven que había estado junto a él y no tenía ni idea de a dónde podía haber ido. Seguí a la turba que iba detrás del prisionero hasta que estuve seguro de que ella no se encontraba allí; después, como no se me ocurría nada mejor, comencé a buscar por la feria, mirando en el interior de tiendas y casetas y preguntando a las campesinas que habían venido a vender un fragante pan de cardamomo y a los vendedores de carne caliente.

Mientras esto escribo, rizando pacientemente el hilo de tinta bermellón de la Casa Absoluta, todo parece tranquilo y metódico. Nada más alejado de la verdad. En aquel momento yo jadeaba y sudaba, preguntaba a gritos y apenas me detenía a obtener una respuesta. Como si lo hubiera visto en sueños, el rostro de Agia flotaba en mi imaginación; rostro ancho, de mejillas planas y barbilla delicadamente redondeada, piel morena y pecosa y ojos alargados, risueños y burlones. No podía imaginar por qué había venido. Sólo sabía que lo había hecho, y que al verla un instante se había avivado la angustia con que yo recordaba su lamento.

—¿Has visto una mujer alta, de pelo castaño? —Esta pregunta la repetí una y otra vez, como aquel contendiente que se hartó de repetir «Cádroe de las Diecisiete Piedras» hasta que la frase quedó tan vacía de significado como un canto de cigarra.

—Sí. Todas las campesinas que venimos aquí.

—¿Sabes cómo la llaman?

—¿Una mujer? ¡Claro que puedo conseguirte una mujer!

—¿Dónde la perdiste? No te preocupes, pronto volverás a encontrarla. La feria no es bastante grande como para que alguien se pierda por mucho tiempo. ¿No concertasteis un lugar para encontraron. Toma un poco de té, pareces muy cansado.



16 из 283