—¿Estás hablando de la Catedral de las Peregrinas?

La vieja movió la cabeza con aire de enterada.

—Eso es, tú lo has dicho. Estás cometiendo el mismo error que ellos. No era la Catedral de las Peregrinas, sino la Catedral de la Garra, por lo que no les correspondía a ellas quemarla.

Dije para mí: —Volvieron a encender el fuego.

—¿Perdón? —La vieja se llevó la mano a la oreja.— No te he oído.

—He dicho que la quemaron. Deben de haber prendido fuego al piso de paja.

—También yo oí eso. Se apartaron y contemplaron cómo ardía. La catedral subió a las Praderas Infinitas del Sol Nuevo, ¿lo sabes?

Al otro lado de la calleja un hombre empezó a tocar el tambor. Cuando paró, dije: —Sé que algunos dicen que la vieron subir por el aire.

—Pues claro que subió. Cuando mi nieto político se enteró, estuvo medio día muy impresionado. Después, con una pasta y papel confeccionó una especie de sombrero, lo sostuvo encima de mi estufa y empezó a subir, y entonces pensó que no era nada que la catedral hubiera subido, ningún milagro. ¿Ves lo que es la estupidez? Nunca se le ocurrió que la razón de que las cosas fueran hechas así fue para que la catedral se levantara exactamente como lo hizo. Es incapaz de percibir la Mano de la naturaleza.

—¿Él no la vio personalmente? —pregunté—. La catedral, quiero decir.

La mujer no entendió.

—Oh, la ha visto una docena de veces cuando estuvieron aquí.

El canto del tamborilero, parecido al que yo había oído de boca del doctor Talos, aunque más tosco y desprovisto de la maliciosa inteligencia del doctor, se interpuso en nuestra charla.



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