—¡Lo conoce todo y a todos! ¡Verde como la grosella espinosa! ¡Vedlo por vosotros!

(El tambor llamaba con insistencia: ¡BUM, BUM, BUM!)

—¿Crees que el hombre verde sabrá dónde se encuentra Agia?

La vieja sonrió.

—¿De modo que así se llama? Ahora lo sabré si alguien la nombra. Sí, tal vez lo sepa. Tienes dinero. ¿Por qué no pruebas?

—Sí, ¿por qué no? —me pregunté.

—¡Traído de las junglas del Norte! ¡Nunca come! ¡Igual que arbustos y yerbas! — ¡BUM, BUM!— ¡El futuro y el pasado remotos le son conocidos!

Cuando vio que me acercaba a la puerta de la tienda, el tamborilero cesó de clamar.

—Sólo un aes por verlo, dos por hablar con él y tres por estar a solas con él.

—¿A solas por cuánto tiempo? —le pregunté sacando tres aes de cobre. Una astuta sonrisa se dibujó en el rostro del tamborilero.

—Por el tiempo que tú quieras. —Le di el dinero y entré.

Estaba claro que no creía que mi intención era quedarme mucho tiempo, y yo me preparé para algo hediondo o igualmente desagradable. Pero lo único que había era una ligera fragancia a preparado de heno. En el centro de la tienda, en medio de un haz de luz solar salpicado de motas de polvo que penetraba por una abertura practicada en el techo de lona, se encontraba encadenado un hombre del color del jade pálido. Llevaba una falda de hojas que estaban marchitándose, a su lado había un pote de barro con agua clara hasta el borde.

Estuvimos un momento en silencio. Me quedé mirándolo. Él estaba sentado y observaba el suelo.

—No es ninguna pintura —dije—, ni creo que sea tinte. Y no tienes más pelo que el hombre que vi sacar a rastras de la casa tapiada.

Levantó la vista para mirarme y después volvió a bajarla. Incluso el blanco de sus ojos tenía un matiz verdoso. Intenté hacerle hablar.

—Si eres realmente vegetal, me parece que tu cabello tendría que ser de hierba.



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