—No. —Tenía una voz suave y sólo porque era grave no parecía enteramente femenina.

—Entonces, ¿eres un vegetal, una planta parlante?

—No eres un hombre del campo.

—Partí de Nessus hace unos días.

—Has recibido cierta educación.

Pensé en el maestro Palaemón y también en el maestro Malrubius y en mi pobre Thecla y me encogí de hombros.

—Sé leer y escribir.

—Pero no sabes de mí. No soy un vegetal parlante, tendrías que darte cuenta. Incluso si una planta siguiera el único de los muchos millones de caminos evolutivos que conducen a la inteligencia, es imposible que reprodujera la forma de un ser humano en madera y hojas.

—Lo mismo podría decirse de las piedras y, sin embargo, existen las estatuas.

Aunque todo él emanaba desconsuelo (y su rostro era con mucho más triste que el de mi amigo Jonas), algo torció hacia arriba las comisuras de sus labios.

—Eso está bien argumentado. No tienes formación científica, pero te han enseñado mejor de lo que crees.

—Al contrario, toda mi formación ha sido científica, aunque no ha tenido nada que ver con estas especulaciones fantásticas. ¿Quién eres?

—Un gran vidente, un gran mentiroso, como todo hombre cuyo pie está en una trampa.

—Si me dices quién eres, me comprometo a ayudarte.

Me miró, y fue como si una hierba alta hubiera abierto los ojos y adquirido un rostro humano.

—Te creo —dijo—. ¿Cómo es que tú, entre los cientos que acuden a esta tienda, conoces la piedad?

—No sé nada de piedad, pero me han enseñado respeto por la justicia y tengo buenas relaciones con el alcalde de esta villa. Un hombre, aunque verde, sigue siendo un hombre, y si es un esclavo, el amo ha de demostrar cómo alcanzó esa condición y cómo llegó a comprarlo.

El hombre verde dijo:

—Quizá cometa una tontería si pongo mi confianza en ti, pero lo haré. Soy un hombre libre y vengo de vuestro propio futuro para explorar vuestra época.



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