Jonas dormía aún. Sé por experiencia que cuando duermen, las gentes parecen más jóvenes que despiertas, pero Jonas parecía más viejo, o quizá sólo más antiguo, pues tenía ese rostro de nariz y frente rectas que a menudo he contemplado en viejos cuadros. Enterré las ascuas del fuego en sus cenizas y me fui sin despertarlo.

Cuando hube terminado de refrescarme en el cubo del pozo del patio, la calle delante de la posada ya no estaba en silencio y había cobrado vida con los cascos de las bestias que chapoteaban en los charcos dejados por la lluvia de la noche y el ruido de las puntas de las cimitarras. Los animales, más altos que los hombres, eran negros o moteados, entornaban los ojos y el tosco pelo que les caía por la cara apenas les permitía ver. Me acordé de que el padre de Morwenna había sido boyero; tal vez era suyo este ganado, aunque parecía improbable. Esperé hasta que hubo pasado la última bestia para observar a los jinetes. Habían tres de ellos, polvorientos y vulgares, y blandían aguijadas con puntas de hierro más largas que ellos; les acompañaban sus perros, vulgares, vigilantes y feroces.

Volví a entrar en la posada y pedí el desayuno; me trajeron pan recién sacado del horno, mantequilla fresca, huevos de pato escabechados y chocolate batido sazonado con pimienta, signo seguro este último, aunque entonces aún lo ignoraba, de que me encontraba entre personas cuyas costumbres procedían del norte. El gnomo de nuestro anfitrión, un hombre calvo que sin duda me había visto hablar con el alcalde la noche anterior, daba vueltas en torno a mi mesa limpiándose la nariz con la manga, preguntando, cada vez que me servían un plato, si era bueno, y aunque en verdad todos lo eran, prometía mejorar la calidad en la cena y echaba la culpa a la cocinera, que era su mujer.



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