—Eso es imposible.

—El color verde que tanto os intriga no es más que eso que llamáis cieno de charcos. Lo hemos alterado hasta conseguir que pueda vivir en nuestra sangre, y gracias a su intervención hemos podido por fin conseguir la paz en nuestra larga lucha con el sol. Las plantas minúsculas viven y mueren en nosotros y nuestros cuerpos se alimentan de ellas y de sus muertos y no requieren más nutrición. Hemos acabado con el hambre y con todas las labores agrícolas.

—Pero necesitáis la luz del sol.

—Sí —dijo el hombre verde—. Y aquí no tengo bastante. El día brilla más en mi época.

Esa sencilla observación me intrigó como nada lo había hecho desde que atisbé por primera vez la capilla desprovista de tejado del Patio Roto en nuestra Ciudadela.

—Así, pues, el Sol Nuevo se acerca, como se profetizó —dije—, y en verdad hay una segunda vida para Urth, si lo que tú dices es cierto.

El hombre verde echó hacia atrás la cabeza y rió. Más tarde yo había de oír el ruido que hace el alzabo al recorrer las mesetas de las tierras altas azotadas por la nieve; su carcajada es horrible, pero más terrible era la del hombre verde, y me aparté de él.

—No eres un ser humano —dije—. No ahora, si es que alguna vez lo fuiste.

Volvió a reír.

—Y pensar que tenía esperanzas en ti. Pobre de mí. Creí que me había resignado a morir aquí entre gentes que no son más que polvo andante; pero al destello más tenue, toda mi resignación se me fue. Soy verdaderamente un hombre, amigo. Tú no lo eres, y yo habré muerto en unos meses.

Recordé las criaturas de su especie. Con qué frecuencia había yo contemplado los helados tallos de las flores de estío empujados por el viento contra los laterales de los mausoleos de nuestra necrópolis.

—Te comprendo. Van a llegar los cálidos días de sol, pero cuando se hayan ido tú desaparecerás con ellos. Produce semillas mientras puedas.



21 из 283