Se tranquilizó.

—Tú no me crees, ni siquiera entiendes que soy un hombre como tú, y sin embargo te apiadas de mí. Quizá tengas razón y para nosotros haya llegado un sol nuevo, y por eso lo hemos olvidado. Si consigo regresar a mi propia época hablaré allí de ti.

—Si realmente eres del futuro, ¿por qué no puedes seguir hacia tu hogar y de ese modo huir?

—Porque, como ves, estoy encadenado. —Enseñó la pierna de modo que yo pudiera examinar el grillete que le atenazaba el tobillo. La carne de berilo en torno a él estaba hinchada, como la madera de un árbol que ha crecido a través de un anillo de hierro.

La entrada de lona de la tienda se abrió y el tamborilero asomó la cabeza.

—¿Sigues ahí? Tengo más gente fuera. —Echó una mirada expresiva al hombre verde y se retiró.

—Quiere decir que debo echarte o cerrará la abertura por la que me llega la luz del sol. A quienes pagan para verme los despidos prediciéndoles el futuro, así que te predeciré el tuyo Ahora ere joven y fuerte. Pero antes de que este mundo haya girado otras diez veces en torno al sol serás menos fuerte y nunca volverás a recobrar la fuerza que tienes ahora. Si crías hijos, engendrarás enemigos contra ti mismo. Si…

—¡Basta! —dije—. Lo que me estás diciendo no es más que el destino de todos los hombres. Contéstame verazmente a una pregunta y me iré. Estoy buscando a una mujer llamada Agia. ¿Dónde puedo encontrarla?

Por un instante los ojos le rotaron hacia arriba hasta que sólo un estrecho creciente de verde pálido asomó bajo los párpados. Tuvo un ligero estremecimiento; se incorporó y extendió los brazos, desplegando los dedos como ramitas. Lentamente, dijo: —Sobre tierra.

El estremecimiento cesó y volvió a sentarse, más viejo y pálido que antes.

—Entonces eres un impostor —le dije, y di media vuelta—. Y yo fui un ingenuo al creer en ti, aun tan poco.



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