—No —susurró el hombre verde—. Escucha. Has venido, y he repasado todo tu futuro. Algunas partes permanecen conmigo, por nebulosas que sean. Sólo te dije la verdad, y si ciertamente eres amigo del alcalde de este sitio, te diré algo más que puedes contarle, algo que he sabido por las preguntas de quienes vienen a hacerme preguntas. Gente armada intenta liberar a un hombre llamado Barnoch.

Cogí de mi esquero la piedra de afilar, la partí sobre la estaca de la cadena y le di la mitad. Por un momento no comprendió lo que tenía en la mano. Después vi que poco a poco lo iba sabiendo, pues pareció ir desplegándose en su gran alegría, como si ya se encontrara tomando el sol a la luz más luminosa de su propio tiempo.

IV — El ramo de flores

Al salir de la tienda del vidente levanté la mirada hacia el sol. El horizonte occidental ya había recorrido más de medio camino cielo arriba; en una guardia o menos me tocaría hacer mi aparición. Agia se había ido, y toda esperanza de darle alcance se había desvanecido en el frenético período en que había estado corriendo de un extremo a otro de la feria; sin embargo, me había tranquilizado el vaticinio del hombre verde, que yo interpreté en el sentido de que Agia y yo nos encontraríamos de nuevo antes de morir uno de los dos, y el pensamiento de que, así como ella había venido a ver cómo sacaban a la luz a Barnoch, del mismo modo podría venir a presenciar las ejecuciones de Morwenna y del ladrón de ganado.

Estuve ocupado con estas especulaciones al comenzar mi camino de regreso a la posada. Pero antes de llegar a la habitación que Jonas y yo compartíamos, vinieron a sustituirlas los recuerdos de Thecla y de mi ascenso a oficial, despertados ambos por la necesidad de quitarme mis prendas profanas y vestirme de fulígino, como los de mi gremio. Tal era el poder de asociación que podían ejercer el atuendo, aún colgado en las perchas y fuera de mi vista, y Terminus Est, aún escondida bajo el colchón.



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