Mientras todavía me ocupaba de Thecla, solía entretenerme en descubrir que era capaz de prever gran parte de su conversación, sobre todo del comienzo, por el tipo de regalo que yo portaba al entrar en la celda. Si era, por ejemplo, un manjar robado de la cocina que a ella le gustaba, provocaría la descripción de una comida en la Casa Absoluta, y el tipo de alimento que yo traía determinaba incluso la clase de comida descrita: si se trataba de carne, una cena deportiva con el griterío y el trompeteo que acompañan a la captura de una pieza y que ascendían del matadero situado por debajo y una prolongada charla sobre podencos, halcones y leopardos de caza; si de dulces, un festín privado que una de las grandes chatelaines ofrece a unos pocos amigos, deliciosamente íntimo y salpicado de chismorreo; si de fruta, una fiesta en la penumbra de un jardín del amplio parque de la Casa Absoluta con la iluminación de mil antorchas y animada por la intervención de malabaristas, actores, bailarines y fuegos artificiales.

Comía lo mismo de pie que sentada, y recorría en tres zancadas la celda de un extremo a otro con el plato en la mano izquierda al tiempo que gesticulaba con la derecha.

—¡Así, Severian, suben todos ellos al cielo lleno de sonidos de campanas, produciendo una lluvia de chispas verdes y magenta, y los cartuchos estallan como truenos!

Pero su pobre mano era incapaz de indicar el ascenso de los cohetes más allá de su cabeza alzada, pues el techo no era mucho más alto que ella.

—Pero creo que te estoy aburriendo. Cuando me trajiste estos melocotones hace un momento parecías muy contento, y ahora no sonríes. Es que me hace bien recordar aquí esas cosas. Cómo las disfrutaré cuando vuelva a verlas.

Claro que no me aburría. Lo que pasaba es que me entristecía verla, tan confinada, joven todavía y de una terrible belleza…



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