
—¿Era cómoda la cama? ¿Había bastantes colchas? ¿Traemos más?
Con la boca llena, asentí.
—Lo haremos. ¿Habrá bastante con tres? Usted y el otro sieur, ¿se sienten cómodos juntos?
Iba a decirle que preferiría habitaciones separadas (no tenía a Jonas por ladrón, pero temía que la Garra fuese demasiado tentadora para cualquier hombre, y además no estaba habituado a dormir acompañado) cuando se me ocurrió que quizás él no podría pagarse un cuarto privado.
—¿Estará hoy allí, sieur, cuando tiren la tapia? Aunque un albañil podría quitar los sillares, se dice que Barnoch se mueve en el interior y que quizá le queden fuerzas. Tal vez haya encontrado un arma. ¡Aunque fuera lo último, sería capaz de morderle los dedos al albañil!
—No oficialmente. Quizá vaya a verlo si puedo.
—Va a acudir todo el mundo. —El calvo se frotó las manos, que le resbalaban como si se las hubiera engrasado.— Habrá una feria, ¿sabe? El alcalde lo ha anunciado. Tiene olfato para los negocios, vaya si lo tiene. Imagine un hombre corriente: lo ve aquí en mi reservado y lo único que se le ocurre es que usted tiene que acabar con Morwenna. ¡Pero no nuestro hombre! Ve las cosas y las posibilidades que ofrecen. Puede decirse que en un abrir y cerrar de ojos se sacó la feria de la cabeza, con sus tenderetes, cintas de colores, carne asada, algodones de azúcar y todo eso. ¿Y hoy? Pues hoy abriremos la casa tapiada y haremos salir a Barnoch como si fuera un tejón. Eso los enardecerá y los atraerá en leguas a la redonda.
