
Volví a salir después de desayunar y vi cómo cobraban forma los pensamientos encantados del alcalde. Los campesinos acudían a la villa con frutas y animales y rollos de telas tejidas en casa para vender; había entre ellos unos cuantos autóctonos cargados de pieles y de ristras de pájaros negros y verdes cazados con cerbatana. Ahora deseaba poder tener aún el manto que me había vendido el hermano de Agia, pues mi capa fulígina atraía extrañas miradas. De nuevo iba a volver a entrar en la posada cuando oí el ruido de pies marchando a paso ligero, ruido que me había hecho familiar la instrucción de la guarnición en la Ciudadela y que no había vuelto a oír desde que saliera de allí.
El ganado que yo había contemplado por la mañana había bajado al río para ser transportado en gabarras hasta los mataderos de Nessus. Estos soldados venían desde el río en sentido contrario. No pude saber si eso se debía a que los oficiales pensaban que la marcha los endurecía o porque las barcas que los habían traído se necesitaban en otro lugar o porque estaban destinados a una zona alejada del Gyoll. Oí gritar la orden de que cantaran mientras se aproximaban a la multitud, cada vez más densa, y simultáneamente los golpes de los palos que blandían los veintenos y los aullidos de los desgraciados que los habían recibido.
Se trataba de kelaus, y cada uno iba armado de una honda cuya empuñadura medía dos codos y llevaba una cartuchera de cuero pintado para balas incendiarias. La mayoría de ellos parecían más jóvenes que yo y sus brigantinas doradas, los ricos cinturones y las vainas de sus largas dagas proclamaban que pertenecían al cuerpo de elite de los erentarii. La canción que entonaron no aludía al combate o a las mujeres, como suele ser en el canto militar, y era un verdadero canto de honderos. La que estuve escuchando ese día decía así:
