
Y así continuaba, verso tras verso, algunos de ellos crípticos (o así me lo parecieron), otros sencillamente cómicos y otros pergeñados claramente para satisfacer la rima, y se repetían una y otra vez.
—Hermoso espectáculo, ¿no es así? —Era el posadero, cuya calva cabeza estaba sobre mi hombro. Son del sur: observe cuántos hay rubios y pecosos. Allí están acostumbrados al frío y tendrán que estar en las montañas. Pero su canto despierta el deseo de unirse a ellos. ¿Cuántos cree que son?
Las mulas de carga empezaban a aparecer: portaban raciones y eran azuzadas pinchándolas con espadas.
—Dos mil o dos mil quinientos.
—Gracias, señor. Me gusta llevar la cuenta. Le parecería increíble la cantidad de ellos que he visto venir por este camino y los pocos que han regresado. Bueno, creo que eso es la guerra. Siempre intento convencerme de que siguen allí, quiero decir, donde quiera que vayan, pero usted y yo sabemos que muchos fueron para quedarse. Y sin embargo ese canto despierta el deseo de ir con ellos.
