Siendo yo niño, me dijo mi madre: «Seca esas lágrimas, y ve a acostarte; sé que mi hijo muy lejos irá, ya que nació bajo una estrella fugaz». Años más tarde, me dijo mi padre, tirándome del pelo y golpeándome el cráneo: «Por una cicatriz no ha de llorar quien ha nacido bajo una estrella fugaz». Me encontré con un mago, y el mago me dijo: «Muchacho, veo sangre en tu porvenir, y fuego y revueltas, incursiones y guerras, oh tú nacido bajo una estrella fugaz». Me encontré con un pastor, y el pastor me dijo: «Las ovejas vamos a donde nos llevan, a Puerta de Alba, donde esperan los ángeles, siguiendo una estrella fugaz».

Y así continuaba, verso tras verso, algunos de ellos crípticos (o así me lo parecieron), otros sencillamente cómicos y otros pergeñados claramente para satisfacer la rima, y se repetían una y otra vez.

—Hermoso espectáculo, ¿no es así? —Era el posadero, cuya calva cabeza estaba sobre mi hombro. Son del sur: observe cuántos hay rubios y pecosos. Allí están acostumbrados al frío y tendrán que estar en las montañas. Pero su canto despierta el deseo de unirse a ellos. ¿Cuántos cree que son?

Las mulas de carga empezaban a aparecer: portaban raciones y eran azuzadas pinchándolas con espadas.

—Dos mil o dos mil quinientos.

—Gracias, señor. Me gusta llevar la cuenta. Le parecería increíble la cantidad de ellos que he visto venir por este camino y los pocos que han regresado. Bueno, creo que eso es la guerra. Siempre intento convencerme de que siguen allí, quiero decir, donde quiera que vayan, pero usted y yo sabemos que muchos fueron para quedarse. Y sin embargo ese canto despierta el deseo de ir con ellos.



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