Pregunté si tenía noticias de la guerra.

—Pues sí, sieur. Ya hace años que me intereso por ella, aunque no parece que las batallas que se libran tengan muchas repercusiones, ¿me entiende? Parece que jamás se aproximan o se alejan demasiado de nosotros. Siempre he supuesto que nuestro Autarca y el de ellos fijan un lugar para la lucha, y cuando ésta acaba ambos vuelven a casa. Mi mujer, como buena tonta, no cree que haya guerra alguna.

La multitud se había cerrado tras el último mulero, y se hacía más densa a cada palabra que hablábamos. Los hombres se afanaban en levantar tiendas y pabellones, estrechando la calle y aumentando así la apretura de gente; de suelo parecían brotar como árboles altas estacas de las que colgaban máscaras de pelo hirsuto.

—¿Y adónde piensa su mujer que van los soldados? —pregunté al posadero.

—En busca de Vodalus, eso dice. ¡Como si el Autarca, por cuyas manos corre el oro y a quien sus enemigos besan los talones, fuera a enviar a todo su ejército para atrapar a un bandido!

Apenas oí una palabra más allá de Vodalus.


Daría cuanto poseo para ser como los que os quejáis de que la memoria os abandona. Con la mía no sucede así. Mis recuerdos siempre permanecen, y siempre con la misma nitidez que en la primera impresión, de modo que una vez conjurados me transportan como un hechizo.

Creo que me alejé del posadero y me mezclé con la multitud de rústicos que empujaban y de vendedores charlatanes, pero no los vi, y tampoco lo vi a él. En cambio, sentí bajo mis pies los senderos de necrópolis sembrados de huesos, y a través de la niebla que emanaba del río vi cómo la esbelta figura de Vodalus entregaba la pistola a su amiga y desenvainaba la espada. Ahora (es triste haberse convertido en hombre) ese gesto me parecía extravagante. El que en cien letreros clandestinos decía luchar por las viejas costumbres, por la antigua y gran civilización que Urth había perdido, se despojaba del arma eficaz de esa civilización.



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