
Que mis recuerdos del pasado permanezcan intactos tal vez se deba sólo a que el pasado no existe más que en mi memoria. Sin embargo Vodalus, que —como yo— quería resucitarlo, seguía siendo una criatura del presente. Nuestro pecado imperdonable: sólo somos capaces de ser lo que somos.
De haber sido yo uno de vosotros a quien la memoria le falla, sin duda lo habría rechazado esa mañana en que me abría paso a codazos entre la multitud, y así de algún modo habría escapado a esta muerte en vida que me atenaza incluso mientras escribo estas palabras. O quizá no habría escapado en absoluto. Sí, es más probable que no. Y en todo caso las viejas emociones recordadas eran demasiado intensas. Me atrapaba la admiración de lo que una vez admiré, como una mosca en ámbar sigue siendo prisionera de algún pino que desapareció hace un tiempo.
II — El Hombre en la Oscuridad
La casa del bandido no se distinguía en nada de las demás casas de la villa. Era de piedra de las minas, tenía un solo piso y el tejado era plano y de aspecto sólido, hecho de lajas del mismo material. La puerta y la única ventana que yo veía desde la calle habían sido toscamente tapiadas. Un centenar de asistentes a la feria se encontraba ante la casa, charlando y señalando; pero de dentro no venía ningún ruido, ni de la chimenea salía humo.
—¿Es corriente hacer esto por aquí? —pregunté a Jonas.
—Es tradición. ¿No has oído decir que «una leyenda, una mentira y una probabilidad hacen una tradición»?
—Me parece que sería bastante fácil salir. Podría abrirse paso por la ventana o por la pared misma de noche, o bien cavar un pasadizo. Es claro que si cabía esperar esto (y no hay razón para lo contrario si esto es corriente y si realmente él espiaba para Vodalus) podía haberse procurado herramientas y algo de comer y beber.
