Temblando, con los dientes castañeando, urgió al caballo a lo largo de la sinuosa senda. Una vez fuera del pasaje, la montaña naciente a su izquierda caía en pendiente hacia un borde que parecía inestable y a punto de desmoronarse. Podía ver las afiladas rocas de abajo, una caída a la que no tendría ninguna esperanza de sobrevivir ya fuera a caballo o a pie. Isabella se obligó a permanecer en calma apesar de que su bota resbaló por la falda de la montaña. Pequeñas rocas retumbaron abajo, rodaron y rebotaron por el estrecho acantilado, y cayeron al vacío.

Lo sintió entonces, una extraña sensación de desorientación, como si la tierra se estremeciera y retorciera, como si algo solitario se hubiera despertado al entrar ella en el valle. Con renovada furia, el viento cortó y desgarró hacia ella, cristales de hielo le quemaron la cara y cualquier otra parte de su piel que estuviera expuesta. Continuó montando otra hora mientras el viento llegaba a ella desde todas direcciones. Soplaba ferozmente, viciosamente, aparentemente dirigido hacia ella. Sobre su cabeza, las nubes de tormenta se acumulaban en vez de moverse velozmente con el viento. Sus dedos se apretaron en un puño alrededor de las riendas. Había habido un centenar de tácticas dilatorias. Pequeños incidentes. Accidentes. El sonido de voces murmurando odiosamente en el viento. Extraños, nocivos olores. El aullido de los lobos. Y lo peor, el terrible y lejano rugido de una bestia desconocida.

No se volvería atrás. No podía volverse atrás. No tenía elección. Estaba empezando a creer las cosas malvadas que decían de este hombre. Era misterioso, evasivo, oscuro y peligroso. Un hombre a evitar. Algunos decían que podía comandar los mismos cielos, hacer que las bestias de abajo hicieran su voluntad. No importaba. Tenía que llegar hasta él, tenía que encomendarse a su piedad si es que la tenía.

El caballo rodeó la siguiente curva, e Isabella sintió que el aire abandonaba su cuerpo.



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