Estaba allí. Lo había hecho. El castello era real, no un producto de la imaginación de alguien. Se elevaba en la falda de la montaña, parte roca, parte mármol, un enorme armatoste, un palazzo imposiblemente grande y extenso. Parecía maligno en el crepúsculo creciente, mirando con ojos vacíos, las filas de ventanas asustaban con el viento azotador. La estructura tenía varios pisos de altura, con largas almenas, altas y redondeadas torrretas, y grandes torres. Podía divisar grandes leones de piedra que guardaban las torres, gárgolas de piedra con afilados picos posadas sobre los aleros. Ojos vacíos pero que todo lo veían miraban en todas direcciones, observándola silenciosamente.

Su yegua cambió de posición nerviosamente, avanzando de lado, echando hacia atrás la cabeza, poniendo los ojos en blanco de miedo. El corazón de Isabella empezó a martillear tan ruidosamente que tronaba en sus oídos. Lo había hecho. Debería haberse sentido aliviada, pero no podía suprimir el terror que fluía en su interior. Había hecho lo que decían que era imposible. Estaba en una tierra puramente salvaje, y cualquiera que fuera el tipo de hombre que vivía aquí era tan indomable como la tierra sobre la que reclamaba su dominio.

Alzando la barbilla, Isabella se deslizó de la grupa del caballo, sujetándose a la silla de montar para evitar caer. Sus pies estaban entumecidos, sus piernas temblorosas, negándose a sostenerla. Permaneció en pie un largo rato, respirando profundamente, esperando recobrar sus fuerzas. Levantó la mirada hacia el castello, se mordió con los dientes el labio inferior. Ahora que estaba en realidad allí, ahora que le había encontrado, no tenía ni idea de lo que iba a hacer. Blancos látigos de niebla serpenteaban alrededor de las columnas del palazzo, creando en extraño efecto. La niebla permanecía en el lugar, aparentemente anclada allí apesar de la ferocidad con que el viento la golpeaba a ellla.



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