
El chirrido de la puerta la advirtió. Suave. Amenazador. Prohibitivo. Un portento de peligro. El interior era incluso más oscuro. Un hombre ya entrado en años, vestido de un negro severo, aguantó su mirada con ojos tristes.
– El Amo no verá a nadie.
Isabella se congeló donde estaba. Segundos antes nada había deseado más que huir de vuelta a su caballo y montar alejándose lo más rápido posible. Ahora estaba molesta. La tormenta estaba creciendo con frenesí, hojas se hielo golpeaban la tierra, cristales blancos cubrían el suelo casi instantáneamente. Cuando la puerta se deslizó para cerrarse, metió una pierna enfundada en una bota en la grieta. Metiéndose las manos heladas en los bolsillos, tomó un profundo aliento para calmar el temblor de su cuerpo.
– Bueno, tendrá que cambiar de opinión. Debo verle. No tiene alternativa.
El sirviente permaneció impasible, mirándola fijamente. Ni se apartó de su camino ni abrió más la puerta para permitirla entrar.
Isabella se negó a apartar la mirada de él, negándose a ceder a las terribles advertencias que le gritaban que huyera mientras todavía tuviera oportunidad. La tormenta estaba ahora en su apogeo, el viento aullador atiborrado de trozos de hielo parecía lanzarse contra el refugio que ofrecía la cobertura de la entrada.
– Debo dejar mi caballo en su establo. Por favor condúzcame inmediatamente. – Alzó la barbilla y miró hacia abajo al sirviente
