– Parece divertido.

– No sabes cuánto. ¿Te apetece probar?

– Creo que podré arreglármelas. ¿Tú lo dudas?

No, teniendo en cuenta que la miraba como si fuera una deliciosa golosina. Lo cual era imposible: tenía que ser un efecto visual producido por la luz. O algún problema con sus gafas.

– Deberíamos… eh… registrarte en el hotel -dijo Katie-. ¿Has venido mucho a Fool's Gold estos últimos años?

– No había estado aquí desde nuestro último encuentro.

– Pero te criaste en Sacramento -dijo ella-. Y está muy cerca.

– Pero después de la facultad me fui en dirección contraria. Hacia la costa -paseó la mirada por el vestíbulo-. Según parece, aquí se esquía muy bien en invierno.

– ¿Tú esquías?

– Un poco. Me gusta mucho, pero no se me da muy bien.

– A mí también -dijo Katie-. Es más fácil que el snowboard, por lo menos para mí. Me encanta probar distintos deportes, pero de momento no he encontrado ninguno que se me dé del todo bien -lo condujo hacia el mostrador de recepción-. Aquí hay algunas pistas excelentes en invierno. Pero en esta época del año lo mejor es acampar y hacer senderismo. El hotel se dedica a celebrar bodas y cursos de fin de semana. Trae a chefs de cinco estrellas o a expertos en arte. Esas cosas. Y viene gente de todas partes para asistir a conferencias o ver exhibiciones.

– ¿Trabajas en una agencia de viajes en tu tiempo libre?

Katie se rió.

– Vivo en el pueblo. No es difícil mantenerse al corriente de lo que pasa.

– ¿Creciste aquí y nunca has querido irte?

Ella ladeó la cabeza, pensativa.

– No, la verdad. Fui a Ashland College y, aunque me encantó, estaba deseando volver. Fool's Gold es mi hogar -hablaba con certeza, como si aquella creencia fuera inamovible.



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