
Jackson se había sentido a gusto en Sacramento, durante su infancia, y después en el MIT. Había vivido en la costa este una temporada, pero al decidir montar su propia compañía de software, se inclinó por el oeste. California tenía algo especial. Ahora vivía en Los Ángeles y, aunque le encantaba la ciudad, no podía afirmar que fuera su hogar con el mismo fervor que Katie.
Se había llevado una sorpresa con ella. Tenía mucha energía, como si disfrutara de todo lo que hacía. Sus ojos azules brillaban con humor e inteligencia. Era tan curvilínea y tentadora que, con sólo entrar en una habitación, te dejaba sin aliento. Había algo especial en su modo de moverse: una especie de determinación y de sutil sensualidad que hacía que algunas partes del cuerpo de Jackson gruñeran de ansia.
A los trece años, lo había aterrorizado. Catorce años después, era una tentación, aunque Jackson no fuera a hacer nada al respecto. La hija de la mejor amiga de su madre era terreno prohibido. Y no sólo porque sus madres quisieran controlar cualquier posible relación entre ellos, sino porque Jackson imaginaba perfectamente lo que diría su madre si sospechaba que se disponía a romperle el corazón a la hija de su mejor amiga. Una lástima, pensó con no poco pesar.
– La familia ocupa un ala del hotel -iba diciendo Katie mientras se acercaban al mostrador de recepción-. Pero me he asegurado de que no te pusieran cerca. No queremos que la tía Tully se cuele en tu habitación en plena noche -su sonrisa se volvió malévola-. Todavía eres joven: te causaría un trauma irreparable.
– No sé si me muero por conocerla o prefiero esconderme.
– Yo te protegeré.
Él se registró rápidamente en el hotel, después de lo cual le dieron una llave antigua.
– Es por aquí -dijo Katie, indicando los ascensores del fondo del pasillo-. Prepárate, porque todo empieza esta noche. Hay una fiesta -se detuvo y lo miró.
– Las fiestas están bien.
