
– Sí, me gusta -se descubrió mirando sus ojos verdes y deseando haberle hecho caso a su madre antes. Howie… eh, Jackson… era todo lo que le había dicho y más-. Me han dicho que eres una especie de genio de los ordenadores -hizo una mueca, y pensó que quizá debería haberse informado un poco-. Creaste un programa sobre… eh… no sé qué asunto empresarial.
Aquella lenta y provocativa sonrisa volvió a aparecer.
– Control de inventarios. Créeme: es mejor que no sepas los detalles.
– Seguramente, pero está bien que alguien se ocupe de los inventarios. Es muy… ingenioso.
El levantó las cejas.
– ¿Ingenioso?
– Estudié periodismo deportivo, no empresariales. «Ingenioso» es lo único que se me ha venido a la cabeza, dadas las circunstancias. Ponme un plazo de entrega y seguro que me ocurre algo más impresionante.
– Puede que ya esté impresionado.
Katie no sabía si era por lo que había dicho o por cómo lo había dicho, pero por primera vez desde hacía mucho tiempo, se sintió francamente femenina. Si hubiera tenido el pelo un par de centímetros más largo, habría sentido la tentación de sacudir la melena. Lo cierto era que se alegraba de que su madre la hubiera hecho ponerse un vestido de verano en vez de unos vaqueros y una camiseta, y de haberse puesto rímel y brillo en los labios.
– No eres como esperaba -continuó él.
– Lo sé -reconoció ella, intentando no batir las pestañas, aunque se moría de ganas-. Cuando mi madre sugirió que viniera contigo, no me hizo ninguna gracia. Pero te agradezco mucho que hayas venido y que vayas a echarme una mano con esto.
– No hay problema.
– Eso dices ahora, pero no tienes ni idea de dónde te estás metiendo -Katie sonrió-. Quizá debería confiscarte las llaves del coche antes de decir nada más. Para que no puedas salir huyendo en plena noche.
– ¿Tan terrible es?
– Digamos que mi hermana sólo es feliz rodeada de melodrama y que tengo una tía que tiene por costumbre seducir a maridos y novios ajenos. Como sin duda te habrá dicho tu madre, el novio es mi ex. Y eso es sólo el principio.
