– Una fiesta de disfraces con temática de los años cincuenta. Ya tienes un disfraz en tu habitación.

¿Una fiesta de disfraces? Jackson notó que su madre se había callado unos cuantos detalles.

– Suena genial -mintió.

Katie se rió y le tocó el brazo.

– No te preocupes. Los chicos sólo tienen que llevar camisa blanca de manga corta. Puedes ponerte vaqueros y, si tienes mocasines, mejor que mejor.

– ¿Con calcetines blancos?

– Ése sería el toque ideal.

Jackson notaba la calidez de sus dedos en la piel. Le gustaba que tuviera por costumbre tocar a los demás. Le daba ganas de tocarla a él también. De tomar el control de la situación.

Bajó la mirada hacia su boca y allí la dejó. Sus labios eran tan curvilíneos y carnosos como el resto de su cuerpo. Katie era la exuberancia personificada.

– A mí me toca llevar falda de campana -prosiguió ella-. Con rebequita, ¿te lo puedes creer?

Una imagen interesante, pensó Jackson sin dejar de mirar su boca. Nunca antes le había atraído la moda retro, pero tenía la impresión de que, gracias a Katie, iba a aficionarse a ella.

– Creo que deberíamos coordinar lo que vamos a decir -dijo ella con voz levemente crispada.

Él la miró con esfuerzo a los ojos. Tenía las pupilas un poco dilatadas y parecía algo jadeante.

– Sobre cómo nos conocimos -añadió.

– Podríamos decir la verdad: que nos emparejaron nuestras madres.

– Eh, sí. Eso está bien -se aclaró la garganta-. ¿Hace seis meses, digamos?

– Por mí, bien. Estamos juntos desde entonces -sonrió-. Me sorprendió un poco que me invitaras a dormir contigo en la primera cita, pero, como soy un caballero, no tuve valor para negarme.

Los ojos de Katie se agrandaron y luego, al juntarse sus cejas, volvieron a achicarse.

– ¿Cómo dices? Eres tú el que a los quince minutos de conocernos estaba completamente loco por mí. Prácticamente me acosaste. Yo sólo salí contigo porque me sentía culpable por haber puesto tu vida patas arriba.



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