
– No me hice daño.
– A Dios gracias -murmuró Grace, mientras observaba cómo Frankie desaparecía en el establo-. Casi me dio un ataque al corazón, Charlie.
– Pero hiciste que lo intentara de nuevo. -Charlie asintió con la cabeza-. Ya sé, ya sé. Tiene que aprender a sobrevivir.
– Y tiene una posibilidad de ganar. No voy a tolerar que la derroten.
– Acaricia esas teclas muy bien. No todo el mundo tiene que competir en el ruedo.
– A ella le encanta montar a caballo desde que tú y yo le enseñamos cuando tenía tres años. El piano es su primer amor, y lo toca fenomenalmente. Pero no voy a consentir que se limite a practicar y a las salas de conciertos. La composición también la satisface y no la expone a todo ese follón de la vida pública. Tendrá una vida activa y satisfactoria antes de que le permita considerar si quiere ver su nombre escrito en neones. -Hizo una mueca-. ¿Quién demonios hubiera pensado que iba a parir una niña prodigio?
– Tú tampoco eres tonta.
– La herencia no tiene nada que ver con un talento como el de Frankie. Es uno de esos bichos raros de la naturaleza. Pero no voy a permitir que nadie la considere un bicho raro. Va a tener una infancia normal y feliz.
– O les darás una paliza a todos. -Charlie se rió entre dientes-. Ella es feliz, Grace. No te exijas tanto. Has hecho un gran trabajo con su educación.
– Hemos hecho un gran trabajo con su educación -dijo sonriendo-. Y todas las noches le doy las gracias a Dios por tenerte, Charlie.
Un leve rubor tiñó las arrugadas mejillas del hombre, aunque su voz sonó atribulada.
– Confío en que él te escuche. No he hecho muchas cosas que merecieran la pena en mi vida y me estoy haciendo bastante viejo. Puede que necesite que me ponga alguna buena nota en su libro cuanto antes.
– ¡Eh!, si todavía no has cumplido los ochenta y gozas de la misma salud que cualquiera de tus caballos. En esta época, y con tu edad, te quedan muchos años por delante.
