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Raymond también había visto subir al tren al hombre alto del traje oscuro. Seguro de sí mismo, sonriente, maletín en mano, con aspecto de hombre de negocios dispuesto a empezar un nuevo día. Pero, al igual que la de los hombres que habían subido al Chief en Barstow, su presencia era demasiado entusiasta, demasiado estudiada, demasiado cargada de autoridad.
Raymond lo observó pasar y luego se volvió disimuladamente a mirar cómo se detenía a mitad del pasillo más abajo para dejar que una mujer instalara a su hijo en un asiento, y luego proseguía y salía por la puerta del fondo del vagón, justo cuando Bill Woods entraba por la misma en dirección contraria, sonriente como siempre y con cuatro tazas de café en una bandeja de cartón.
Vivian Woods sonrió mientras su marido posaba la bandeja en la mesa de las cartas y se deslizaba en el asiento a su lado. De inmediato, cogió las tazas y las repartió, haciendo un esfuerzo por no mirar a Raymond. En vez de eso, se volvió amablemente hacia Frank Miller.
