– ¿Se encuentra mejor, Frank? Tiene mejor cara.

Según los cálculos de Raymond, el vendedor había entrado y salido del vagón ya tres veces en las últimas dos horas, despertándolos a todos cada vez que iba o volvía.

– Estoy mejor, gracias -dijo Miller, forzando una sonrisa-. Es algo que he comido, supongo. ¿Qué les parece si jugamos unas cuantas manos antes de llegar a Los Ángeles?

Justo en aquel momento pasó el revisor.

– Buenos días -dijo, al pasar junto a Raymond.

– Buenos días -contestó Raymond distraídamente, y luego se volvió en el momento en que Bill tomaba una baraja de naipes de la mesa de delante de ellos.

– ¿Juega, Ray?

Raymond sonrió con sencillez:

– ¿Por qué no?

5

Los Ángeles, Union Station, 7:10 h


El comandante Arnold McClatchy llevó su Ford azul claro por una zona polvorienta en construcción y se detuvo en un aparcamiento apartado de gravilla, justo enfrente de una cadena metálica que cerraba la vía 12, por donde estaba previsto que llegara el Chief del suroeste. Menos de un minuto más tarde, otro Ford de camuflaje aparcó a su lado con los detectives Roosevelt Lee y Len Polchak dentro.

Hubo cierres enérgicos de puertas y los tres miembros restantes de la brigada 5-2 cruzaron hasta el andén de la vía 12 bajo un sol ya muy cálido.

– Si queréis café, hay tiempo. Id a buscarlo. Yo me quedo aquí -dijo McClatchy al llegar al andén. Luego miró a sus veteranos detectives, uno alto y negro, el otro bajo y blanco, alejarse por una rampa larga que bajaba hasta el interior fresco de Union Station.

Durante un rato McClatchy permaneció donde estaba, vigilante, y luego se volvió y anduvo por el andén solitario hasta el final para mirar al punto lejano por el que las vías desaparecían haciendo una curva bajo la intensa luz del sol. Si Polchak o Lee querían café o no daba igual, ellos sabían que quería estar solo para hacerse una idea del lugar y de la acción que se desplegaría a la llegada del tren, cuando se pusieran manos a la obra.



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