Ahora el último de los madrugadores pasaba por su lado en busca de un sitio para sentarse. Era alto y atlético, iba vestido con traje oscuro y llevaba un maletín. Parecía un joven ejecutivo agresivo, pero no lo era. Se llamaba Jimmy Halliday y era el tercero de los seis detectives de paisano asignados para arrestar al jugador de cartas cuando el Chief llegara a Union Station en Los Ángeles a las 8:40 de la mañana.

Barron se recostó y miró por la ventana, más allá de la joven durmiente, tratando de relajarse. El trabajo de los detectives del tren era comprobar que el jugador de cartas era en efecto el hombre buscado por la policía de Chicago. Si así era, deberían seguirle si bajaba del tren antes de llegar a Los Ángeles o, si permanecía a bordo -como sospechaban que iba a hacer porque su billete era hasta allí-, atraparlo cuando fuera a bajar. La idea era acorralarlo entre ellos y los otros tres detectives de paisano que esperaban en el andén de Union Station para arrestarlo rápidamente.

En teoría, el plan era fácil: no hacer nada hasta el último instante y luego apretar la tuerca minimizando el riesgo para la gente de la estación. El problema era que su hombre era un tipo extraordinariamente receptivo, emocionalmente explosivo y un asesino extremadamente violento. Ninguno de ellos quería ni imaginarse lo que podía pasar si sospechaba que estaban dentro del tren y se ponían en acción allí mismo. Pero éste era el motivo por el cual habían subido por separado y se habían mantenido deliberadamente discretos.

Todos ellos -Barron, Valparaiso y Halliday, más los tres que esperaban en Union Station- eran detectives de homicidios pertenecientes a la brigada 5-2 de la Policía de Los Ángeles, la prestigiosa y centenaria unidad de «situaciones especiales» que ahora formaba parte de la brigada de Robos y Homicidios. De los tres que viajaban en el tren 39002, Valparaiso era el mayor, de cuarenta y dos años de edad.



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