
– ¿Y qué hay del…?
– ¿Asesinato de mi hijo?
– Sí.
– Yo me encargo de eso.
PRIMERA PARTE
1
Veinte años más tarde. Estación de Amtrak. Comunidad desértica de Barstow, California. Martes 12 de marzo, 4:20 h
John Barron cruzó solitario hacia el tren envuelto en el frío de la noche del desierto. Se detuvo en el vagón 39002 del Amtrak Superliner Southwest Chief y esperó a que un bigotudo revisor ayudara a subir los peldaños a un anciano con gafas de culo de botella. Luego él mismo subió al tren.
Una vez dentro, bajo una luz tenue, el revisor le dio los buenos días, le marcó el billete y luego le indicó su asiento más allá de unos cuantos pasajeros soñolientos, hacia la mitad del vagón. Veinte segundos más tarde, Barron colocó su bolsa de viaje en el estante de arriba y se sentó en la butaca de pasillo junto a una atractiva joven vestida con camiseta y vaqueros ajustados que dormía acurrucada contra la ventana. Barron la miró y luego se acomodó, con la mirada más o menos atenta a la puerta por la que había entrado. Al cabo de medio minuto vio a Marty Valparaiso subir a bordo, darle el billete al revisor y sentarse justo enfrente de la puerta. Pasó un rato y luego oyó el pitido del tren. El revisor cerró la puerta y el Chief se puso en movimiento. En un segundo, las luces de la ciudad desértica dieron paso a la oscuridad absoluta del paisaje desnudo. Barron oía el gemido de los motores diesel a medida que el tren cogía velocidad. Intentó imaginarse cómo se vería desde arriba, como en las vistas aéreas que se ven en las películas: una enorme serpiente de setecientos metros, veintisiete vagones, deslizándose hacia el oeste a través de la oscuridad del desierto antes del amanecer en dirección a Los Ángeles.
