2

Raymond estaba medio dormido cuando subieron los pasajeros. Primero pensó que eran sólo dos, un anciano de gafas gruesas y andar cansino y un hombre joven de pelo oscuro con vaqueros y una parca que llevaba una pequeña bolsa de deportes. El anciano se sentó en una plaza de ventana en su misma hilera, al otro lado del pasillo; el joven pasó de largo para colocar su bolsa en el estante de arriba, una docena de asientos más atrás. Y fue entonces cuando subió el último pasajero. Era delgado y enjuto, probablemente de treinta y muchos o cuarenta y pocos años, e iba vestido con un abrigo de sport y pantalones. Le dio el billete al revisor, éste se lo marcó y luego el hombre se sentó en una butaca frente a la puerta.

En circunstancias normales Raymond no le habría dado más vueltas, pero aquellas circunstancias no tenían nada de normales. Hacía poco más de treinta y seis horas había matado a dos personas con un revólver en la trastienda de una sastrería de Pearson Street, en Chicago. Muy poco después se subía al Chief rumbo a Los Ángeles.

Era un viaje en tren que no tenía previsto, pero una tormenta de granizo inesperada había forzado el cierre de los aeropuertos de Chicago y le había obligado a tomar el tren en vez del avión directo a Los Ángeles. El retraso era desafortunado, pero no tuvo elección y desde entonces el viaje había transcurrido sin incidentes, al menos hasta que se detuvieron en Barstow y los dos hombres abordaron el tren.

Por supuesto que cabía la posibilidad de que no fueran más que dos trabajadores de la zona periférica que se desplazaban cada mañana a Los Ángeles, pero no parecía lo más probable. Sus gestos, la manera en que se movían y se comportaban, el modo en que se habían colocados ambos lados de él, uno en el asiento de pasillo frente a la puerta, el otro a oscuras, más atrás… En efecto, lo tenían acorralado de una forma que le resultaba imposible ir hacia un lado o el otro sin toparse con ellos.



4 из 754