
Raymond respiró con fuerza y miró al hombretón de rostro rubicundo y cazadora arrugada que dormía en el asiento de la ventana, a su lado. Se trataba de Frank Miller, un vendedor de productos de papelería de Los Ángeles, cuarentón, un poco obeso y divorciado, que llevaba un peluquín bastante obvio y odiaba volar. Al otro lado de la estrecha mesa plegable estaban Bill y Vivian Woods, de Madison, Wisconsin, una pareja de cincuentones que se dirigía a pasar unas vacaciones en California y que ahora dormía en los asientos frente a él. Eran unos desconocidos que se habían convertido en amigos y compañeros de viaje casi desde el momento en el que el tren partió de Chicago y Miller se le acercó, cuando estaba solo en el vagón-restaurante, tomando una taza de café, para decirle que buscaban a un cuarto jugador de póquer e invitarlo a jugar. Para Raymond fue perfecto y asintió al instante, tomándolo como una oportunidad para mezclarse con los otros pasajeros en el caso poco probable de que alguien lo hubiera visto salir de la sastrería y la policía hubiera dado el aviso de busca y captura de alguien que viajara solo y coincidiera con su descripción.
Desde algún punto distante se oyeron dos pitidos de tren. El tercero llegó a los pocos segundos. Raymond miró hacia la parte delantera del vagón. El hombre enjuto del asiento de pasillo permanecía inmóvil, con la cabeza reclinada, como si, como todos los demás, estuviera durmiendo.
La tormenta de granizo y el viaje en tren ya eran lo bastante molestos en sí mismos, una vuelta de tuerca más en una serie de hechos meticulosamente planeados que se habían torcido.
