
Durante los últimos cuatro días había estado en San Francisco, México D.F. y luego Chicago, adonde había llegado vía Dallas. Tanto a San Francisco como a México había ido a buscar información vital pero no había logrado encontrarla, había matado a la persona o personas implicadas e inmediatamente había continuado su camino. La misma locura se había reproducido en Chicago: donde se suponía que obtendría información, no encontró ninguna, de modo que tuvo que marcharse al último punto de su andadura por América, que era Los Ángeles o, más concretamente, Beverly Hills. Estaba seguro de que allí no tendría ningún problema para hallar la información que necesitaba antes de matar al hombre que la tenía. El problema era el tiempo. Era martes, 12 de marzo. Debido a la tormenta de granizo, llevaba ya más de un día de retraso sobre lo que había sido un plan trazado con precisión que todavía le exigía llegar a Londres no más tarde del mediodía del 13 de marzo. A pesar de lo frustrante que eso resultaba, se daba cuenta de que las cosas simplemente se habían retrasado y seguían siendo factibles. Lo único que necesitaba era que, durante las horas siguientes, todo fuera sobre ruedas. Pero no estaba tan seguro de que eso pudiera ocurrir.
Raymond se reclinó con cautela y miró su bolsa de viaje en el estante para equipajes que tenía arriba. Dentro llevaba su pasaporte de Estados Unidos, un billete a Londres de primera clase de British Airways, el rifle automático Sturm Ruger del calibre 40 que había utilizado en los asesinatos de Chicago y dos cargas de munición adicionales de once balas cada una. Se había arriesgado lo bastante como para llevarlo frente a los comandos de seguridad antiterroristas que patrullaban atentos por la estación y luego meterlo en el tren en Chicago, pero ahora se preguntaba si había hecho bien. Los rifles que utilizó en los asesinatos de San Francisco y México los había mandado en unos paquetes envueltos con papel de embalar que debían recogerse en la empresa de mensajería Mailboxes Inc., en la que previamente había abierto una cuenta y disponía de un casillero con llave.