En San Francisco recogió el arma, la usó y luego la tiró a la bahía, junto al cuerpo del hombre que había asesinado. En México D.F. hubo problemas para localizar el paquete y tuvo que esperar casi una hora hasta que llamaron al responsable y lo encontraron. Recogió otra arma en un punto de recogida de Mailboxes Inc. en Beverly Hills, pero con el horario ya muy apretado debido al desplazamiento en tren, y con el problema de México todavía muy presente en su memoria, decidió correr el riesgo y llevar el Ruger con él para no jugársela y no encontrarse con otra cagada que pudiera retrasar su llegada a Londres.

Otro pitido más del tren y Raymond volvió a mirar hacia el hombre que dormía cerca de la puerta del vagón. Lo observó unos instantes, luego miró la bolsa del estante de arriba y decidió intentarlo: sencillamente levantarse, coger la bolsa y abrirla como si buscara algo en su interior; entonces, aprovechando la escasa luz, meterse con cuidado el Ruger debajo del jersey y volver a poner la bolsa en su sitio. Estaba a punto de hacerlo cuando se dio cuenta de que Vivian Woods lo estaba observando. Cuando la miró, ella le sonrió. No fue una sonrisa de cortesía, ni de complicidad entre compañeros de viaje despiertos a la misma hora temprana de la mañana, sino una sonrisa cargada de deseo sexual y muy reconocible por parte de él. Con treinta y tres años, Raymond era delgado y fibroso y tenía la belleza de una estrella del rock, el pelo rubio y unos ojos azules y grandes que subrayaban unas facciones delicadas, casi aristocráticas. Tenía además una voz aterciopelada y una manera exquisita de comportarse. Para las mujeres de casi todas las edades, aquella mezcla resultaba letal. Lo miraban con atención y, a menudo, con el mismo deseo que Vivian Woods mostraba ahora, como si estuvieran dispuestas a fugarse con él adonde les dijera y, una vez allí, a hacer cualquier cosa por él.



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