
Raymond le respondió con una sonrisa amable y luego cerró los ojos como si quisiera dormirse, a sabiendas de que ella seguiría contemplándolo. Era halagador, pero a la vez era una vigilancia que, en aquel momento, le resultaba de lo más inoportuno, porque le impedía levantarse y apoderarse del rifle.
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Estación de la Amtrak, San Bernardino, California, 6:25 h
John Barron observó la hilera de madrugadores que subían al tren para ir a trabajar a la urbe. Algunos llevaban maletines u ordenadores portátiles; otros, vasos de papel llenos de café. De vez en cuando había alguno hablando por el móvil. La mayoría parecían todavía medio dormidos.
Al cabo de varios minutos el revisor cerró la puerta, y a los pocos instantes sonó el pitido del tren, el vagón dio una pequeña sacudida y el Chief se puso en marcha. Al hacerlo, la joven que iba al lado de Barron se agitó un poco y luego volvió a dormirse.
Barron la miró a ella y luego al pasillo, hacia la hilera de pasajeros que todavía no habían encontrado asiento. Estaba impaciente. Desde que había empezado a amanecer se moría de ganas de levantarse e ir más allá de donde estaban los jugadores de cartas para saber qué pinta tenía su hombre. Si es que era su hombre. Pero no era la táctica adecuada, de modo que se quedó en su sitio y observó pasar a un niño de unos cuatro o cinco años aferrado a su osito de peluche. Le seguía una bella rubia, que Barron supuso que era su madre. Mientras pasaban, miró a Marty Valparaiso en su asiento frente a la puerta. Dormía, o fingía hacerlo. Barron sintió que le sudaba el labio superior y se dio cuenta de que tenía las palmas de las manos también húmedas. Estaba nervioso y eso no le gustaba. De todos los estados en los que podía encontrarse ahora, nervioso era el que menos ayudaba.
