Las supersticiones del campo decían que la enfermedad de las vacas impedía que la gente contrajera la viruela. Por consiguiente, en cuanto Richard cumplió los cinco años, Mag se llevó al pequeño a la granja de su padre cerca de Bedminster durante una breve pasa de la enfermedad, e hizo que el chiquillo intentara ordeñar a las vacas hasta que conseguir que enfermara de aquella especie de protectora y benigna forma de viruela.

Richard y Peg tenían toda la intención de hacer lo mismo con Mary, pero en Bedminster no hubo viruela benigna. Cuando aún no había cumplido los cuatro años, a la niña le subió de repente la fiebre, una fiebre terrible y abrasadora que la hacía gemir mientras su cuerpo devastado por el dolor se agitaba y retorcía y ella pedía desesperadamente la presencia de su padre. Cuando llegó el primo James el farmacéutico (los Morgan sabían que era mejor médico que cualquiera de los que en Bristol se hacían llamar médicos) puso una cara muy seria.

– Si le baja la fiebre cuando aparezcan las manchas, vivirá -afirmó-. No hay ningún medicamento que pueda cambiar la voluntad de Dios. Mantenedla bien abrigada y no permitáis que se exponga a las corrientes de aire.

Richard intentó ayudar a cuidarla, permaneciendo horas y horas al lado de la cuna a la que él mismo había dotado de unos artísticos cardanes para que pudiera oscilar suavemente sin el ruidoso chirrido de los balancines de las cunas. Al cuarto día de fiebre aparecieron las manchas, unas moradas aréolas con algo que parecía un balín de plomo en el centro. El rostro, los antebrazos y las manos, la parte inferior de las piernas y los pies. Espantoso, horrendo. Richard le hablaba y la arrullaba y le sostenía las manitas mientras Peg y Mag cambiaban las sábanas y le lavaban las encogidas nalgas, tan arrugadas y resecas como las de una vieja. Pero la fiebre no bajó y, al final, cuando las pústulas estallaron y se abrieron, la niña se apagó con la misma suavidad y dulzura que una vela.



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