El primo James el clérigo no daba abasto con los entierros. Pero los Morgan tenían derecho de parentesco, por lo que, a pesar de las peticiones que constantemente recibía, enterró a Mary Morgan, de tres años de edad, con toda la solemnidad que la Iglesia Anglicana podía ofrecer. Agotada por el cansancio y a punto de venirse abajo, Peg se apoyó en su tía y suegra mientras Richard permanecía de pie llorando con desconsuelo, en la más absoluta soledad; no quería que nadie se le acercara. Su padre, que también había sufrido la pérdida de hijos -¿quién no la había sufrido?- se avergonzó de todo aquel torrente de dolor, tan indecorosamente impropio de un hombre. A Richard no le importaba lo que pensara su padre. Ni siquiera se daba cuenta. Su querida Mary había muerto y él, que gustosamente habría muerto en su lugar, estaba vivo y en el mundo sin ella. Dios no era bueno. Dios no era amable ni misericordioso. Dios era un monstruo más perverso que el demonio, el cual, por lo menos, no hacía alardes de virtud.


Dick y Mag Morgan pensaron que era estupendo que Peg estuviera a punto de volver a dar a luz. El único alivio para el dolor de Richard era la llegada de una nueva criatura a la que amar.

– A lo mejor, lo rechazará -dijo Mag con inquietud.

– ¡Richard no hará tal cosa! -replicó despectivamente Dick-. Es demasiado blando.

Dick estaba en lo cierto y Mag se equivocaba. Por segunda vez Richard Morgan se vio envuelto por aquel océano, de cuya profundidad ahora ya tenía cierta idea. Conocía la inmensidad de sus abismos, la fuerza de sus tormentas, su alcance ilimitado. Se juró a sí mismo que, con aquella criatura, aprendería a flotar, no gastaría sus fuerzas en luchar. Una decisión que duró menos que el congelado momento en que contempló el rostro de su hijo recién nacido, las dulces manitas, el pulso que animaba aquel nuevo ser de esta triste y vieja tierra. Sangre de su sangre, hueso de su hueso, carne de su carne.



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