No correspondía a las mujeres la elección del nombre de sus hijos. La tarea le correspondía a Richard.

– Llámalo Richard -dijo Dick-. Es la tradición.

– No pienso hacerlo. Ya tenemos un Dick y un Richard; ¿es que ahora necesitamos a un Dickon o a un Rich?

– A mí me gusta Louis -dijo Peg como el que no quiere la cosa.

– ¡Otro nombre papista! -tronó Dick-. ¡Y, además, es gabacho!

– Lo llamaré William Henry -dijo Richard.

– Bill, como su tío -dijo Dick, complacido.

– No, padre, Bill, no. Y tampoco Will. Ni Willy, Billy o William. Su nombre es William Henry y así lo llamará todo el mundo -dijo Richard con tal firmeza que allí terminó la discusión.

A decir verdad, su decisión fue del agrado de todo el clan. Alguien a quien todo el mundo conociera con el nombre de William Henry no tendría más remedio que convertirse en un gran hombre.

Richard expresó este veredicto cuando presentó a su hijo al señor James Thistlethwaite, el cual soltó un resoplido.

– Vaya, como lord Clare -dijo éste-. Empezó como maestro de escuela, se casó con tres feas y gordas viudas de gran fortuna, tuvo… ejem… la gran suerte de librarse de ellas en rápida sucesión, se convirtió en miembro del Parlamento en representación de Bristol y así fue como conoció al príncipe de Gales. El vulgarísimo Robert Nugent nadaba en la abundancia y empezó a prestarle cuantiosas sumas a nuestro gordísimo heredero, Georgy Porgy Budín y Empanada. Sin intereses y sin devolución del capital hasta que ni siquiera el rey pudo ignorar la deuda. De esta manera, el vulgarísimo Robert Nugent fue apoteósicamente nombrado vizconde de Clare y ahora tiene una calle de Bristol que lleva su nombre. Acabará siendo conde, pues mis informadores de Londres me dicen que su dinero sigue yendo a parar a gran velocidad a las manos del príncipe. Tienes que reconocer, mi querido Richard, que el maestro de escuela ha sabido buscarse muy bien la vida.



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