
– En efecto -contestó Richard sin sentirse en modo alguno ofendido-. Aunque yo diría -añadió tras una breve pausa- que William Henry se ganó el título de par convirtiéndose en primer lord del Almirantazgo. Los generales siempre son aristócratas porque los oficiales del ejército se tienen que comprar los ascensos mientras que los almirantes pueden encaramarse a la cumbre con la parte del botín que les corresponde y cosas por el estilo.
– ¡Has hablado como un auténtico bristoliano! Los barcos siempre están presentes en los pensamientos de los bristolianos. Aunque tú, Richard, sólo los conoces de vista.
El señor Thistlethwaite tomó un sorbo de ron y esperó con ansiosa anticipación la agradable sensación de calor que éste le iba a producir por dentro.
– A mí los barcos me basta con mirarlos -dijo Richard, acercando su mejilla a la de William Henry.
– ¿Nunca has sentido el deseo de conocer otros lugares? ¿Ni siquiera Londres?
– No. Nací en Bristol y en Bristol moriré. No siento el menor deseo de alejarme más allá de Bath o de Bedminster. -Richard sostuvo en alto a William Henry y miró a su hijo a los ojos; éste le correspondió con una mirada sorprendentemente firme para un bebé de su edad-. ¿Verdad, William Henry? Puede que tú acabes siendo el viajero de la familia.
Vanas conjeturas. Por lo que a Richard respectaba, el hecho de tener a William Henry a su lado era más que suficiente.
Pero la inquietud era omnipresente tanto en Peg como en Richard. Ambos se preocupaban ante la menor desviación de William Henry de su senda habitual: ¿sus deposiciones eran un poco sueltas?, ¿tenía la frente demasiado caliente?, ¿no tendría que estar un poco más adelantado para su edad? Nada de todo eso tuvo demasiada importancia durante los primeros seis meses de vida de William Henry, pero sus abuelos temían lo que pudiera ocurrir cuando empezara a fijarse en las cosas, gatear por el suelo, hablar… ¡y pensar! ¡Con sus mimos iban a acabar malcriando al niño! Prestaban ávidamente atención a cualquier cosa que dijera el primo James el farmacéutico sobre cuestiones acerca de las cuales muy pocos bristolianos -o cualquier otra clase de ingleses- se preocupaban.
