Mag fue por una jarrita de vinagre, una botella de aceite de brea, una palangana de peltre y un lienzo limpio.

– Durante tres o cuatro días no ocurrirá nada -dijo el primo James el farmacéutico mientras se lavaba las manos-, pero después, si le hace efecto, le subirá la fiebre. Si le hace el debido efecto, la fiebre no será maligna. En determinado momento, la inoculación se enconará, producirá una pústula y reventará. Si todo va bien, será la única. Pero no puedo asegurarlo y no os puedo dar las gracias por lo que he hecho.

– ¡Sois el mejor hombre de Bristol, primo James! -exclamó jovialmente el señor Thistlethwaite.

El primo James el farmacéutico se detuvo en la puerta.

– No soy vuestro primo, Jem Thistlethwaite… ¡vos no tenéis parientes! Ni siquiera una madre -dijo con glacial tono de voz.

Después se volvió a encasquetar la peluca en la cabeza y desapareció.

El patrón se estremeció de risa.

– Sí -dijo Jem sin alterarse-. No te preocupes -le dijo a Richard-, Dios no se atrevería a ofender al primo James.


Tras haber caminado mucho más rato del que había empleado en rezar, Richard regresó al Cooper's Arms justo a tiempo para echar una mano en la preparación de la cena. Aquella noche habría caldo de cebada con jarretes de buey y grandes trozos de tocino entreverado cocidos a fuego lento, y la habitual ración de pan, mantequilla, queso, pastel y refrigerios líquidos.

El pánico había desaparecido y Broad Street había recuperado la normalidad, exceptuando a John/Samuel Adams y John Hancock que aún colgaban del poste de la American Coffee House. Allí se quedarían, pensó Richard, hasta que el tiempo y los elementos esparcieran su relleno por doquier y sólo quedaran unos fláccidos trapos.



27 из 861