Saludando a su padre con la cabeza al pasar, Richard subió corriendo a la mitad posterior de su habitación del piso de arriba que Dick había dividido según la costumbre con unas cuantas tablas de madera desde el suelo casi hasta el techo, pero no tan bien ensambladas y ajustadas como las hiladas de un barco sino afianzadas con alguna que otra asnilla y, por consiguiente, llenas de resquicios, algunos de ellos lo bastante anchos como para acercar un ojo y ver lo que ocurría al otro lado.

La habitación de atrás de Richard y Peg contenía una estupenda cama de matrimonio con dosel del que colgaban unas gruesas cortinas de lino, varias cómodas para la ropa, un armario para los zapatos y las botas, un espejo en una pared para que Peg se pudiera acicalar, una docena de perchas en la misma pared y la cuna con cardanes de William Henry. No había papel de pared de quince chelines la yarda, colgaduras de damasco ni alfombras que cubrieran el antiguo suelo de roble ennegrecido doscientos años atrás, pero era una habitación tan buena como la que se pudiera encontrar en cualquier casa de la misma categoría, es decir, de las clases medias.

Peg se encontraba junto a la cuna, meciéndola con suavidad.

– ¿Cómo está, amor mío?

Ella levantó los ojos, sonriendo apaciblemente.

– Le ha hecho efecto. Tiene fiebre, pero no está ardiendo. El primo James el farmacéutico vino mientras tú dabas un paseo, y me pareció que estaba muy aliviado. Cree que William Henry se recuperará sin desarrollar plenamente la viruela.

Debido a las molestias que le causaba la parte superior del brazo izquierdo, pensó Richard, William Henry dormía sobre el lado derecho, con la dolorida extremidad cómodamente apoyada sobre su pecho. En el lugar en el que la aguja había traspasado la carne se estaba desarrollando una enrojecida roncha de gran tamaño; casi rozándola con la palma de la mano, Richard percibió el calor que emitía.



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