
– ¡Todavía es muy pronto! -exclamó Richard.
– El primo James dice que casi siempre lo es después de la inoculación.
Con las rodillas temblándole de puro alivio al saber que su hijo había sobrevivido a la prueba, Richard se acercó a una de las perchas de la pared y descolgó su recio delantal de lona.
– Tengo que ayudar a padre. ¡Gracias a Dios, gracias a Dios!
Aún seguía dando gracias a Dios cuando bajó brincando por la escalera sin recordar que, hasta que no vio aparecer la pústula de William Henry, no se había acordado para nada de Dios.
En lugares como el Cooper's Arms, la apacible atmósfera de las largas noches estivales llevaba aparejada unos considerables beneficios. La clientela habitual de la taberna estaba integrada por personas respetables que se ganaban la vida por encima del nivel de la simple subsistencia, por regla general, comerciantes y artesanos, acompañados por sus mujeres e hijos. Por una suma entre tres y cuatro peniques por cabeza, podían disfrutar de un abundante plato de sabrosa comida y una gran jarra de cerveza suave, y, para los que preferían cerveza más fuerte, ron o leche de Bristol (un jerez muy apreciado por las mujeres), otros seis peniques bastaban para que se dejaran caer sobre la cama y se quedaran dormidos nada más llegar a casa, a salvo de los salteadores de caminos y las patrullas de reclutamiento, pues el prolongado crepúsculo mantenía a raya la oscuridad.
Por consiguiente, Richard bajó a un club social todavía iluminado por la dorada luz, no sólo del sol poniente sino también de las lámparas de aceite fijadas a los travesaños de las paredes y el techo cuyo oscuro color contrastaba con la reluciente palidez del enlucido. La única lámpara portátil que había en el local ardía junto al lugar que ocupaba el patrón detrás del mostrador, al otro extremo del lugar que ocupaba Ginger, la atracción más famosa de la taberna.
Ginger era un gatazo de madera que Richard había labrado tras haber leído la historia del célebre Old Tom de Londres… mejorando visiblemente el original, de lo que él se mostraba orgulloso, y con razón.
