
Como es natural, los niños más mayorcitos eran sus principales usuarios; muchos padres y madres se veían obligados a beber más de la cuenta por el simple placer de colocar una moneda en la boca de Ginger, tirar de su cola y verle mear un chorro de ron.
Aunque Richard no hubiera hecho nada más en favor del Cooper's Arms, con ello había pagado de sobra la generosidad de su padre al acogerle en su negocio.
Mientras cruzaba el suelo cubierto de serrín con unos cuencos de madera llenos de humeante caldo repartidos en precario equilibrio entre ambos brazos, Richard intercambiaba comentarios con todo el mundo y su rostro se iluminaba de alegría cuando comunicaba a los clientes el optimista pronóstico acerca de William Henry.
El señor Thistlethwaite no estaba presente. Aparecía a las once de la mañana y se quedaba hasta las cinco de la tarde, sentado junto a «su» mesa bajo la ventana, donde había un tintero y varias plumas de ave (pero el papel sí se lo podía comprar, decía Dick Morgan con la cara muy seria), componiendo las sátiras que posteriormente se imprimían y vendían en la librería Sendall's de Wine Street, aunque el señor Thistlethwaite también las vendía en algunos tenderetes de Pie Powder Court y Horse Fair, lo bastante lejos de Sendall's como para no perjudicarle en su negocio.
