
El miedo penetró en sus entrañas, pero el alcohol que corría por sus venas sólo le daba la presencia de ánimo necesaria para aferrarse al volante, que tenía poderes propios. Volvió a sonar la voz de Camarón justo antes de que la camioneta de Pepe se estampase contra el guardarraíl de la mediana. Sólo con esa abrupta parada se percató de la verdadera magnitud de su impulso, al salir despedido por el parabrisas al cálido aire nocturno. Más allá de la agónica voz de Camarón, oyó un ruido que fue lo último que su ofuscado cerebro logró descifrar. Barras de acero, ahora dispersas por el aire como una batería de lanzas en un túnel de luz que se aproximaba.
* * *
Y el motivo por el que Vasili se echó a llorar era que acababa de sentir en sus carnes la extraordinaria facilidad humana para comprimir una vida entera en una compacta experiencia emocional. Alexei le había cubierto las espaldas siete veces en seis años de servicio en Afganistán. Y ahora, después de haber sobrevivido a aquellos años de lucha contra los pastunes, Alexei iba a morir de un tiro en la nuca a manos de uno de los suyos en un bosque de la Costa del Sol, sólo por ser el puto amigo de Vasili Lukyanov.
– Dile a Leonid -empezó a decir, pero interrumpió la frase cuando vislumbró un destello que se encaminaba hacia él, una extraña turbulencia en el aire-. ¿Qué cojones…?
Las barras de acero, con sus extremos trémulos de expectación, penetraron en el cono de luz, como atraídas en el vértice hacia Vasili Lukyanov.
Impactaron con fuerza explosiva.
Los neumáticos embadurnaron de goma la carretera oscura, chocaron con una obstrucción invisible y el Range Rover salió despedido hacia el abismo negro de los campos. Se hizo un breve silencio.
– ¿Vasya?
Capítulo 1
Casa de Falcón, calle Bailén, Sevilla. Viernes, 15 de septiembre de 2006,3.00
