
Cuando era chico jugaba a los descubrimientos en las ilustraciones de los libros: las miraba mucho e iban apareciendo objetos, interminablemente. Estuve un rato, contrariado, mirando los paneles con mujeres, tigres o gatos de Fuyita.
La gente se fue al hall. Durante mucho tiempo, con demasiado terror -mis enemigos estaban o en el hall o en el sótano (el personal)bajé por la escalera de servicio hasta la puerta escondida detrás del biombo. Lo primero que vi fue a una mujer que tejía cerca de uno de los cálices de alabastro; a esa mujer que se llama Irene y a otra, dialogando; busqué más y con peligro de ser descubierto vi a Morel en una mesa, con cinco personas, jugando a las cartas; la muchacha que estaba de espaldas era Faustine; la mesa era chica, los pies estaban aglomerados y pasé unos minutos, quizá muchos, insensible a todo, queriendo averiguar si los pies de Morel y los de Faustine se tocaban. Esta lamentable ocupación desapareció completamente, fue sustituida por el horror que me dejaron la cara roja y los ojos muy redondos de un sirviente que estuvo mirándome y entró en el hall. Oí pasos. Me alejé corriendo. Me escondí entre la primera y segunda filas de columnas de alabastro, en el salón redondo, sobre el acuario. Debajo de mí nadaban peces idénticos a los que había sacado podridos en los días de mi llegada.
* * *
Ya tranquilo, me acerqué a la puerta. Faustine, Dora -su compañera de mesa- y Alec subían la escalera. Faustine se movía con estudiada lentitud. Por ese cuerpo interminable, por esas piernas demasiado largas, por esa tonta sensualidad, yo exponía la calma, el Universo, los recuerdos, la ansiedad tan vívida, la riqueza de conocer las costumbres de las mareas y más de una raíz inofensiva.
