Los seguí. De improviso, entraron en un cuarto. Enfrente encontré una puerta abierta, un cuarto iluminado y vacío. Entré con mucha cautela. Sin duda, alguien que habría estado allí se olvidó de apagar la luz. El aspecto de la cama y de la mesa de toilette, la falta de libros, de ropa, del más leve desorden, garantizan que nadie lo habitaba. Estuve inquieto cuando los otros moradores del museo pasaron a sus cuartos. Oí los pasos en la escalera y quise apagar mi luz, pero fue imposible: la llave se había atrancado. No insistí. Hubiera llamado la atención una luz apagándose en un cuarto vacío.

Si no fuera por esa llave quizá me habría puesto a dormir, persuadido por la fatiga, por las muchas luces que veía apagarse en las rendijas de las puertas (¡y por la tranquilidad que me daba la presencia de la mujer cabezona en el cuarto de Faustine!). Preví que si alguien llegara a pasar por el corredor, entraría en mi cuarto, para apagar la luz (el resto del museo estaba a oscuras). Eso, tal vez, era inevitable; no muy peligroso. Al ver que la llave estaba atrancada, la persona se iría, para no molestar a los demás. Bastaba que me escondiera un poco.

Pensaba en todo esto cuando apareció la cabeza de Dora. Sus ojos pasaron por mí. Se fue, sin intentar apagar la luz.

Quedé con miedo casi convulsivo. Estaba yéndome y antes de salir recorrí la casa, imaginativamente, en busca de un escondite seguro. Me costaba dejar ese cuarto que permitía la vigilancia de la puerta de Faustine. Me senté en la cama y me dormí. Un rato después vi en sueños a Faustine. Entró en el cuarto. Estuvo muy cerca. Me desperté. No había luz. Traté de no moverme, de empezar a ver en la oscuridad, pero la respiración y el espanto eran incontenibles.

Me levanté, llegué al corredor, oí el silencio que había sucedido a la tormenta: nada lo interrumpía.

Empecé a caminar por el corredor, a sentir que inesperadamente se abriría una puerta y yo estaría en poder de unas manos bruscas y de una voz inamovible, burlona.



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