El mundo extraño en que andaba preocupado en los últimos días, mis conjeturas y mis ansias, Faustine, no habrían sido más que efímeros trámites de la prisión y del patíbulo. Bajé la escalera, por la oscuridad, cautelosamente. Llegué a una puerta y quise abrirla; fue imposible; ni siquiera pude mover el picaporte (conocía estas cerraduras que atrancan el picaporte; pero no comprendo el sistema de las ventanas: no tienen cerradura y los pasadores estaban atrancados). Iba convenciéndome de la imposibilidad de salir, aumentaba mis nervios y -tal vez por esto y por la impotencia en que me ponía la falta de luz- hasta las puertas interiores se volvían infranqueables. Unos pasos en la escalera de servicio me apresuraron mucho. No supe irme del cuarto. Caminé sin hacer ruido, guiado por una pared, hasta uno de los enormes cálices de alabastro; con esfuerzo y gran peligro, me deslicé adentro.

Estuve inquieto, largo tiempo, contra la superficie resbaladiza del alabastro y contra la fragilidad de la lámpara. Me pregunté si Faustine se habría quedado sola con Alec o si uno de ellos habría salido con Dora, o antes o después.

Esta mañana me despertaron las voces de una conversación (yo estaba muy débil y muy dormido para escuchar). Después ya no se oía nada.

Quería estar afuera del museo. Empecé a erguirme, temeroso de resbalar y deshacer la enorme lamparilla, de que alguien viera surgir mi cabeza. Con mucha languidez, laboriosamente, bajé del jarrón de alabastro. Esperando que se ordenaran un poco mis nervios, me guarecí detrás de las cortinas. Estaba tan débil que no podía moverlas; me parecían rígidas y pesadas como las cortinas de piedra que hay en algunas tumbas. Imaginé, dolorosamente, artificiosos panes y otras comidas propias de la civilización: en el antecomedor las encontraría sin duda. Tuve desmayos superficiales, ganas de reírme; sin miedo caminé hasta el zaguán de la escalera. La puerta estaba abierta.



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