
Estuve inquieto, largo tiempo, contra la superficie resbaladiza del alabastro y contra la fragilidad de la lámpara. Me pregunté si Faustine se habría quedado sola con Alec o si uno de ellos habría salido con Dora, o antes o después.
Esta mañana me despertaron las voces de una conversación (yo estaba muy débil y muy dormido para escuchar). Después ya no se oía nada.
Quería estar afuera del museo. Empecé a erguirme, temeroso de resbalar y deshacer la enorme lamparilla, de que alguien viera surgir mi cabeza. Con mucha languidez, laboriosamente, bajé del jarrón de alabastro. Esperando que se ordenaran un poco mis nervios, me guarecí detrás de las cortinas. Estaba tan débil que no podía moverlas; me parecían rígidas y pesadas como las cortinas de piedra que hay en algunas tumbas. Imaginé, dolorosamente, artificiosos panes y otras comidas propias de la civilización: en el antecomedor las encontraría sin duda. Tuve desmayos superficiales, ganas de reírme; sin miedo caminé hasta el zaguán de la escalera. La puerta estaba abierta.
