
Otro barbudo canoso, gordo, que no he consignado todavía en este informe, apareció en la escalinata, miró a lo lejos, alrededor. Bajó y se quedó frente al museo, inmóvil, aparentemente azorado.
Volvió Morel. Hablaron un minuto. Pude oír:
– ¿… si yo le dijera que están registrados todos sus actos y palabras?
– No me importaría.
Me pregunté si habrían descubierto mi diario. Resolví mantenerme alerta. Impedir las tentaciones de la fatiga y de la distracción. No dejarme sorprender.
El gordo volvió a quedar solo, indeciso. Morel apareció con Alec (joven oriental y verdi-negro). Se fueron los tres.
Salieron entonces caballeros y criados con sillas de paja, que pusieron a la sombra de un árbol del pan, grande y enfermo (he visto algunos ejemplares menos desarrollados en una vieja quinta, en Los Teques). Las damas ocuparon las sillas; a su alrededor los hombres se echaron en el pasto. Recordé tardes en la patria.
Faustine cruzó hacia las rocas. Es ya molesto cómo quiero a esta mujer (y ridículo: no hemos hablado ni una vez). Estaba con un traje de tenis y un pañuelo, casi violeta, en la cabeza. Lo que será recordar esos pañuelos cuando Faustine se haya ido.
Tenía ganas de ofrecerme para llevarle el bolso o la manta. La seguía de lejos; la vi dejar el bolso en una roca, estirar la manta; quedarse inmóvil contemplando el mar o la tarde, imponiéndoles su calma.
Se iba la última ocasión de tener suerte con Faustine. Podría arrodillarme, confesarle mi pasión, mi vida. No lo hice. No me pareció hábil. Es cierto que las mujeres acogen natural-mente cualquier homenaje. Pero más valía dejar que la situación se aclarara sola. Resulta sospechoso un desconocido que nos cuenta su vida, nos dice espontáneamente que ha estado preso, condenado a prisión perpetua y que somos su razón de existir. Uno teme que todo sea un chantaje para vender una lapicera labrada con Bolívar-1783-1830, o una botella con un velero adentro.
