Otro sistema sería hablarle mirando el mar, como un loco muy contemplativo y sencillo: comentar los dos soles, nuestra afición a los ponientes; esperar un poco sus preguntas; referirle, de todos modos, que yo soy un escritor, que siempre he querido vivir en una isla solitaria; confesar la irritación que tuve a la llegada de su gente; contarle mi confinamiento a la parte inundable de la isla (esto permitiría amenas explicaciones de los bajos y sus calamidades) y así llegar a la declaración: ahora temo que se vayan, que venga un crepúsculo sin la dulzura, ya habitual, de verla.

Se levantó. Me puse nerviosísimo (como si Faustine hubiera oído lo que yo estaba pensando, como si la hubiera ofendido). Fue a buscar un libro que había dejado, medio salido de un bolso, en otra roca, a unos cinco metros. Volvió a sentarse. Abrió el libro, posó la mano en una hoja y quedó como adormecida, mirando la tarde.

Cuando se entró el más débil de los soles, Faustine se levantó de nuevo. La seguí… corrí, me tiré de rodillas y le dije, casi gritando:

– Faustine, la quiero.

Hice esto porque pensé que, tal vez, lo más conveniente fuera sacar partido de la inspiración, dejarla imponer su notable sinceridad. Ignoro el resultado. Me ahuyentaron unos pasos, una sombra densa. Me escondí atrás de una palmera. La respiración, alteradísima, casi no me dejaba oír.

Morel le decía que necesitaba hablarle. Faustine contestó: -Bueno, vamos al museo. (Oí esto claramente).

Hubo algunas discusiones. Morel se oponía:

– Quiero aprovechar esta ocasión… fuera del museo y de las miradas de nuestros amigos.

Le oí también: ponerte sobre aviso; eres una mujer distinta; dominio de los nervios.

Puedo afirmar que Faustine se negó obstinadamente a quedarse. Morel transó:

– Esta noche, cuando todos se vayan, hazme el favor de quedarte. Estuvieron caminando entre las palmeras y el museo. Morel hablaba mucho y hacía ademanes. En uno de esos movimientos, tomó el brazo de Faustine. Después caminaron en silencio.



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