Cuando los vi entrar en el museo, pensé que debía prepararme alguna comida para estar bien toda la noche y poder vigilar.


* * *

Té para dos y Valencia persistieron hasta más allá de la madrugada. Yo, a pesar de mis propósitos, comí poco. Ver a la gente ocupada con el baile, ver y probar las hojas viscosas, las raíces de sabor a tierra, los bulbos como ovillos de hilos notables y duros, no fueron argumentos ineficaces para determinarme a entrar en el museo y buscar pan y otros verdaderos comestibles.

Entré por la carbonera, a medianoche. Había sirvientes en el antecomedor, en la despensa. Decidí esconderme, esperar que la gente se fuera a sus cuartos. Podría oír, tal vez, lo que More¡ sometería a Faustine, al muchacho de las cejas, al gordo, el verdinegro Alec. Después robaría algunos alimentos y buscaría la manera de salir.

En realidad, la declaración de Morel no me importaba mucho. Me angustiaba el buque cerca de la playa; la fácil, la irremediable partida de Faustine.

Al pasar por el hall vi un fantasma del Tratado de Belidor que me había llevado quince días antes; estaba en la misma repisa de mármol verde, en el mismo lugar de la repisa de mármol verde. Palpé el bolsillo: saqué el libro; los comparé: no eran dos ejemplares del mismo libro, sino dos veces el mismo ejemplar; con la tinta celeste corrida, envolviendo en una nube la palabra PERSE; con la rasgadura oblicua en la esquina de abajo, de afuera… Hablo de una identidad exterior… Ni siquiera pude tocar el libro que estaba sobre la mesa. Me escondí precipitadamente, para que no me descubrieran (primero, unas mujeres; después, Morel). Pasé por el salón del acuario y me escondí en el cuarto verde, en el biombo (formaba como una casita). Por una rendija podía ver el salón del acuario.

Morel daba órdenes:

– Aquí me pone una mesa y una silla.

Pusieron las otras sillas en filas, ante la mesa, como en sala de conferencias.



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