A Liz, imbuida de la sobria y desaprobadora cultura de Thames House, Mackay le parecía ligeramente prepotente. Para un hombre de su edad, y no podía tener más de treinta y dos o treinta y tres años, era demasiado ostentoso. Su buen aspecto -bronceado profundo, mirada con un exacto tono de gris, nariz y boca esculpidas- resultaba en exceso enfático. Era un individuo que la gente indudablemente recordaría, y cada gramo de su experiencia profesional se rebelaba contra esa idea. Por un momento, y aunque manteniendo su rostro vacío de toda expresión, sus ojos se encontraron con los de Wetherby.

Cumplidas las cortesías, el grupo empezó a repasar los informes recibidos del extranjero. Geoffrey Fane fue el primero en hablar. Alto y aquilino -Liz siempre había pensado que era como una garza listada-, Fane había hecho su carrera en el Departamento de Oriente Próximo del MI6, donde consiguió una reputación de despiadada firmeza. El campo que dominaba era el SIT (Sindicato Islámico del Terror), el nombre genérico que utilizaban para grupos como Al Qaeda, la Yihad Islámica, Hamás y la miríada de grupúsculos que compartían su ideología y sus métodos de actuación.

Cuando terminó, desvió su patricia mirada hacia su joven colega. Inclinándose hacia delante, Bruno Mackay se estiró los puños de la camisa y leyó sus notas:

– Si puedo volver brevemente al terreno que mejor conozco, nuestro enlace paquistaní nos ha informado que han descubierto a Dawood al Safa. Su informe sugiere que Safa visitó un campo de entrenamiento cerca de Takht-i-Suleiman, en la zona tribal situada al noroeste del país, y puede que mantuviera contactos con un grupo conocido como Hijos del Paraíso, que se sospecha involucrado en el asesinato de un guardia de la embajada estadounidense en Islamabad hace seis meses.



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