– ¿Ha pasado algo este fin de semana? -terminó preguntando a Wetherby, mientras dejaba la carpeta sobre la mesa.

– Nada que vaya a ocuparnos demasiado tiempo esta mañana. ¿Cómo está su madre?

– Molesta porque no hace suficiente frío -contestó Liz-. Quiere que las heladas maten las malas hierbas.

– No hay nada como una buena helada, aborrezco esta uniformidad de las estaciones. -Se atusó el cabello gris-. Parece que el Seis nos traerá alguien nuevo, uno de sus hombres de Pakistán.

– ¿Alguien que conozcamos?

– Mackay. Bruno Mackay.

– ¿Y qué se cuenta del señor Mackay?

– Es un antiguo alumno de Harrow.

– Conozco un viejo chiste sobre Harrow. Una mujer entra en una habitación donde hay tres ex alumnos de prestigiosos colegios. El de Eton le pregunta si desea sentarse, el de Winchester le ofrece una silla y el de Harrow…

– … se sienta en la silla -terminó Wetherby con una ligera sonrisa-. Exacto.

Liz volvió a concentrarse en el río, agradecida por contar con un superior con el que poder intercambiar bromas. En la ribera opuesta del Támesis vislumbraba los oscuros muros del palacio Lambeth. ¿Sabría Wetherby algo acerca de Mark? Casi seguro. Lo sabía casi todo sobre ella.

– Creo que por fin estamos todos -susurró él, mirando por encima del hombro de Liz.

El MI6 estaba representado por Geoffrey Fane, su coordinador de Operaciones Contraterroristas y por el recién llegado Bruno Mackay. Se estrecharon las manos, y Wetherby se movió por la sala en dirección a las puertas. Cada asistente tenía un resumen de los informes del fin de semana de los servicios secretos extranjeros.

Mackay recibió una ceremoniosa bienvenida a Thames House y fue presentado oficialmente al equipo. Wetherby informó que el agente del MI6 acababa de volver de Islamabad, donde era un jefe de sección muy valorado.

Mackay alzó las manos con modestia. Bronceado y de ojos grises, su traje de franela hablaba de Savile Row y le daba un toque glamuroso a aquella reunión generalmente anodina. Mientras se inclinaba hacia delante para replicar a Wetherby, Geoffrey Fane lo contempló con fría aprobación. Era obvio que había invertido ciertos esfuerzos en maniobrar para que el joven fuera incluido en el equipo.



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