
Ante la aguda irritación de Liz, Mackay pronunciaba los nombres islámicos de una forma que dejaba claro que hablaba el árabe con fluidez. «¿Qué le pasa a esa gente? -se preguntó-. ¿Por qué se creen T. E. Lawrence o el Ralph Fiennes de El paciente inglés?» Un guiño cómplice de Wetherby le informó que compartía sus sentimientos sobre aquel tema.
– La sensación que tenemos en Vauxhall es que su actividad resulta muy significativa -seguía Mackay cortésmente-. Por dos razones. Una, el papel principal de Safa es el de cartero, mueve dinero entre Riad y los grupos terroristas asiáticos; y cuando entra en juego es que están preparando algo desagradable. Y dos, los Hijos del Paraíso es uno de los pocos grupos del SIT que admite caucásicos en sus filas. Un informe de la inteligencia paquistaní de hace unos seis meses indicó la presencia en el campo de entrenamiento, y cito textualmente, de dos, quizá tres individuos de aspecto claramente occidental.
Extendió frente a él unos dedos manicurados y bronceados que apoyó sobre la mesa.
– Nuestra preocupación, y así se lo hemos comunicado este fin de semana a todas nuestras delegaciones, es que la oposición pueda estar preparando un invisible…
Dejó la frase suspendida en el aire unos segundos. La calculada teatralidad de la revelación no disminuyó su impacto. Un «invisible» era el nombre dado por la CIA a la peor pesadilla de un servicio de inteligencia: un o una terrorista que, gracias a pertenecer a la etnia nativa del país objetivo, podía cruzar sus fronteras impunemente, moverse por todo su territorio sin levantar ninguna sospecha e infiltrarse con facilidad en sus instituciones. Un «invisible» era la peor noticia posible.
– De ser ése el caso -prosiguió Mackay-, sugerimos que se incluya a Inmigración en este grupo.
